Sermón breve sobre Salmo 37:23-28
La iglesia de San Marcos
Watertown, Wisconsin
Pastor Karl Walther
31 Diciembre 2000
Mis amigos: después de unas pocas horas, entraremos en el año nuevo-- el año de nuestro Señor dos mil uno.
¿Qué traerá el año nuevo? -- ¡¿Quién sabe?! Por ejemplo: en el treinta y uno de diciembre de mil novecientos noventa y nueve ¿Quién estuvo seguro de la elección de Vicente Fox o de Jorge Bush? ¿Quién predijo dónde las tormentas del año pasado ocurrirían? ¿Quién supo que todas las computadoras continuarían funcionando?
Y ahora nos enfrentamos con otro año nuevo. Sin duda, nos preguntamos ¿Qué traerá el año nuevo? -- ¿Nos traerá hambre? ¿Nos traerá falta de vivienda? ¿Nos traerá la muerte? ¿Nos robará de la vida eterna? -- ¿De dónde recibiremos las respuestas? Pues, recibimos las respuestas en la palabra de Dios, la Santa Biblia-- esta noche específicamente: Salmo treinta y siete, versículos veinte y tres hasta veinte y ocho.
• La primera pregunta: el año nuevo ¿Nos traerá hambre? -- De todos modos ¡debemos inquietarnos! Sabemos que cada comida, cada bocado, es bendición de Dios. Lo pedimos, día tras día «Nuestro pan de cada día, dánoslo hoy.» Sabemos que no hemos merecido aun nuestra comida.
Así que: el año nuevo ¿Nos traerá hambre? -- Déjenle al rey David, por inspiración del Espíritu Santo, responder: «He sido joven y ahora soy viejo, pero nunca he visto justos en la miseria, ni que sus hijos mendiguen pan. Prestan siempre con generosidad; sus hijos son una bendición.»
¡Qué maravilloso-- ¿eh?! En el año que viene: ¡sí! tendrás lo necesario para proveer tanto comida como bebida. La palabra de Dios lo asegura. Si quieres reñir sobre esto, necesitas reñir con Dios-- porque Dios mismo te asegura que continuarás gozando de lo necesario para comer.
• Ahora bien ¿Qué de la segunda pregunta? El año nuevo ¿Nos traerá falta de hogar? -- Otra vez ¡Debemos inquietarnos! Sabemos que cada hogar -- si es apartamento o palacio -- es bendición de Dios. Lo pedimos, día tras día «¡Que el Señor nos bendiga y nos guarde!» Sabemos que no hemos merecido aun nuestro hogar.
Así que: en el año nuevo ¿Nos encontraremos sin hogar? -- Déjenle a Dios responder: «Apártate del mal y haz el bien, y siempre tendrás dónde vivir. Porque el Señor ama la justicia y no abandona a quienes le son fieles.»
¡Qué buena promesa ¿eh?! En el año que viene: ¡sí! tendrás lo necesario para proveer tanto vivienda como ropa. La Biblia lo asegura. Si quieres pelear contra esta promesa, tienes que pelear con Dios mismo-- porque son sus palabras de Él que te conceden esta seguranza.
• Y finalmente la tercera pregunta.... En tercer lugar: el año nuevo ¿Nos hará daño a nuestro alma? ¿Nos robará de la vida eterna? ¡Necesitamos inquietarnos! El rey David, en otro Salmo, dijo «Soy malo de nacimiento; pecador me concibió mi madre.» Añadió San Pablo «En mí nada bueno habita.» Nosotros somos los mismos. Y lo que es más, San Pedro nos recuerda: «Nuestro enemigo el diablo ronda como león rugiente, buscando a quién devorar.»
En el año que viene ¿Perdería nuestro alma sus fuerzas? ¿Perderíamos la promesa de la vida eterna? Dios responde: «El Señor afirma los pasos del hombre cuando le agrada su modo de vivir; podrá tropezar, pero no caerá, porque el Señor lo sostiene de la mano.»
Así ¡El Señor te sostiene de la mano! La mano humana de Cristo, que Jesús recibió hace dos mil y uno años, ha hecho en tu lugar las obras necesarias para darte la vida eterna. Las manos humanas de Cristo, traspasadas en la cruz en tu lugar, han sufrido lo necesario para quitar la condenación justa de Dios. Las manos divinas de Cristo, resucitadas en el tercer día en tu lugar, te han dado la vida eterna. Y así prometió Jesús: Ustedes son mis ovejas, y «Nadie podrá arrebatármelas de la mano.»
En fin: mis amigos, después de unas pocas horas, entraremos en el año nuevo. ¿Qué traerá el año nuevo? -- Sin duda: el nacimiento de unos y la muerte de otros, las riquezas de unos y la pobreza de otros, la felicidad de unos y la tristeza de otros. ...Pero a nosotros: la gracia de Cristo, el amor de Dios, y la misericordia del Espíritu Santo-- por Jesucristo nuestro Salvador. Amén.