Sermones breves sobre Ev. Lucas 9:18-27,28-36
La iglesia de San Marcos
Watertown, Wisconsin
Pastor Karl Walther
25 febrero 2001
Mis amigos, escuchen otra vez la historia
de la confesión de San Pedro-- y ahora con explicaciones.
Un día -- probablemente en el verano antes de la muerte y la resurrección de Jesucristo -- cuando Jesús estaba orando para sí, estando allí sus discípulos -- los doce -- les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy yo?»
Mis amigos: también es esta la pregunta más
importante por nosotros en la estación de la Epifanía-- que la iglesia celebra
durante enero y febrero.
Pues, respondieron los
discípulos «Unos dicen que (eres) Juan el Bautista -- quien había
sido ejecutado -- otros que Elías -- quien había salido este mundo por
carro de fuego, hacía unos ochocientos cincuenta años -- y otros que uno de los
antiguos profetas ha resucitado» respondieron.
Y nos interesa mucho, de
que la gente identificó a Jesús como uno de los varios profetas. Esta identificación no es la correcta, pero
nos recuerda de que el Espíritu de Jesucristo inspiró a todos estos profetas.
«Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?» les dijo Jesús.
«El Cristo de Dios» afirmó Pedro.
Y esta respuesta es la
correcta-- la que nos salva. Mis amigos:
Jesús es el Cristo de Dios. Sus
enseñanzas lo demuestran. Sus milagros
lo demuestran especialmente. Solamente
Dios el Escogido puede sanar por su propio poder a los sordos, a los ciegos, a
los mudos, a los paralizados, a los leprosos.
Solamente Dios el Escogido puede expulsar a los demonios. Solamente Dios puede levantar a los
muertos.
Y lo ha hecho Jesús por
nosotros. A nosotros, enfermos por
pecaminosidad -- él nos sanó. Por
nosotros, bajo el poder de los demonios-- él los expulsó. A nosotros, muertos en pecados-- él nos
levantó.
¿Cómo ocurrió? Les dijo «El Hijo del hombre tiene que sufrir muchas cosas y ser rechazado por los ancianos, los jefes de los sacerdotes, y los maestros de la ley. Es necesario que lo maten y que resucite al tercer día.»
Mis amigos: durante los domingos de
Cuaresma que vienen, consideraremos los sufrimientos de Jesús por nosotros, la
muerte de Jesús en nuestro lugar, y la resurrección de Jesús-- asegurando la
nuestra. Estos sucesos nos dan nuestra
salvación eterna.
Y ¿Qué significan durante esta vida? Dirigiéndose a todos, declaró Jesús «Si alguien quiere ser mi discípulo, que se niegue a sí mismo, lleve su cruz cada día y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa, la salvará. ¿De qué le sierve a uno ganar el mundo entero si se pierde o se destruye a sí mismo? Si alguien se avergüenza de mí y de mis palabras, el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga en su gloria y en la gloria del Padre y de los santos ángeles.»
Mi amigo: ¿Llevas tu cruz cada día? ¿Sigas tú a Jesús siempre? ¡Que leas o que escuches las Escrituras cada día! Así ¡Que medites en la palabra de Dios siempre! Mi amigo: ¿Avergüenzas de Jesús? ¿Tienes tú vergüenza de sus palabras? ¡Que reconozcas que Jesús es el Todopoderoso y que sus palabras tienen fuerza!-- para que liberalmente compartas a él y a ellas con otros. Amén.
Mis amigos, escuchen otra vez la historia de la transfiguración de Jesucristo-- y ahora con explicaciones.
Unos ocho días después de decir esto, Jesús, acompañado de Pedro, Juan y Jacobo, subió a una montaña a orar. Probablemente tuvo lugar en el Monte Hermón, en el borde al norte de la tierra de Israel, unas nueve mil pies en altitud.
Leemos: Mientras oraba, su rostro se transformó, y su ropa se tornó blanca y radiante. Es decir: apareció en todo su esplendor y en toda su gloria como Dios, santo y justo.
Y aparecieron dos personajes -- Moisés y Elías -- que conversaban con Jesús. Tenían un aspecto glorioso, y hablaban de la partida de Jesús, que él estaba por llevar a cabo en Jerusalén. Moisés, por quien Dios había dado la ley, sirvió como representativo de la ley. Elías, a quien Dios había hecho el más poderoso de los profetas, sirvió como representativo de los profetas. Pues Jesús prometió que cumpliría la ley y los profetas por nosotros.
Continuamos leyendo: Pedro y sus compañeros estaban rendidos de sueño, pero cuando se despabilaron, vieron su gloria y a los dos personajes que estaban con él. Mientras éstos se apartaban de Jesús, Pedro, sin saber lo que estaba diciendo, propuso: «Maestro, ¡qué bien que estemos aquí! Podemos levantar tres albergues; uno para ti, otro para Moisés y otro para Elías.
¿La bendición? Pedro vio a Jesús en esplendor y en gloria. ¿El pecado? Pedro perdió su concentración en Jesús.
Pues: Estaba hablando todavía cuando apareció una nube que los envolvió, de modo que se asustaron. Entonces salió de la nube una voz que dijo: «Éste es mi Hijo, mi escogido; escúchenlo.»
Mis amigos: viene el día cuando aparecerá una nube brillante-- y Jesucristo entre las nubes. Viene el día cuando oiremos la voz de Dios, nuestro juez. Viene el día cuando cada pecador debe asustarse, como los discípulos se asustaron. En el día final, en el día de juicio, veremos a Dios en todo su esplendor, en toda su gloria, en toda su santidad y justicia.
¿Qué diremos en aquel día? ¿Que no somos pecadores? ¿Que nuestros pecaditos no son grandes? ¿Que Dios el Santo debe olivdarse de nuestros delitos?
Pues ¿Cómo sobrevivieron los discípulos esta aparición de Dios mismo? Después de oírse la voz, Jesús quedó solo. La presencia de Jesús solo los salvó.
Así en el día de nubes brillantes, en el día de la voz de Dios, en el gran día del juicio del mundo, diremos: «Dios, soy gran pecador. No puedo afirmar mi inocencia en tu presencia. Soy culpable. Sin embargo, Jesucristo solo sufrió el castigo de mi culpa. En él, soy sin culpa. Jesucristo solo me ha dado su justicia. En él, soy inocente.»
Que buenas noticias ¿eh? Pues, leemos que Los discípulos guardaron esto en secreto, y por algún tiempo a nadie contaron nada de lo que habían visto. En cambio, Jesús nos anima compartir estas noticias a otros. ¡Que lo hagamos, esta semana y para siempre! Amén.